sábado, 6 de noviembre de 2010

El amor, el odio, la duda y la inseguridad

El amor, el odio, la duda y la inseguridad

( Un algo de información teórica, siguiendo a Freud paso a paso )

El amor el odio
Sabemos por los escritores y los poetas, estudiosos del amor, que un principio de enamoramiento es percibido muchas veces como odio, y que el amor que encuentra negada la satisfacción se torna fácilmente en odio; y también nos habían advertido que en estadios tempestuosos del enamoramiento pueden subsistir, como en una competición pugilística, ambos sentimientos contradictorios (por ejemplo escarlata en Lo que el viento se llevó o Ridclif en Cumbres borrascosas). Por nuestra parte, a pesar de haber observado y estudiado el asunto, nos seguimos asombrando al encontrar una yuxtaposición crónica de amor y odio tan intensa, orientada, además, hacia la misma persona.

Esta especial relación de amor-odio que constituye uno de los caracteres más manifiestamente frecuentes e importantes de la neurosis obsesiva, en realidad, es el substrato de todas las neurosis. En el fondo de toda neurosis descubrimos el odio que el amor mantiene reprimido en lo inconsciente; y allí, a salvo de la acción de la conciencia, puede, el odio (inconsciente, a partir de ese momento) subsistir sin menguar, e incluso crecer. Cuando esto ocurre, el amor consciente ha de alcanzar una especial intensidad para poder mantener, sin tregua, reprimido a su contrario.

[Esquemáticamente:
    Amor consciente y Odio consciente
               -REPRESIÓN-
   Amor consciente y Odio inconsciente]

Evidentemente lo sencillo, hubiera sido que el amor hubiera podido dominar al odio o bien que hubiese sido devorado por él; sin embargo, en lo humano poco hay sencillo y en estos casos comprobamos que el amor no ha podido extinguir el odio, sino tan solo rechazarlo hasta lo inconsciente.

El estudio de la prehistoria de esta situación nos muestra que esta constelación de la vida amorosa parece deber su condición a una disociación muy temprana -durante los seis primeros años de vida- de los dos elementos en pugna, resultando uno de ellos, generalmente el odio, objeto de una represión prematura y demasiado fundamental.

Este odio (que es el componente sádico del amor) pugna en todo momento por expresarse en la conciencia, para ello aprovecha momentos de flaqueza de la atención de la conciencia y se sirve de los sueños, los actos fallidos, las fantasías inconscientes y los síntomas. Ahora bien, para que se pueda mantener el equilibrio del psiquismo en esa situación, el resultado ha de ser un amor consciente intensificado, -como reacción-, para compensar el sadismo que continua actuando en lo inconsciente en calidad de odio, tal y como hemos dicho que se observa, en los fenómenos neuróticos.

La duda y la inseguridad.
         Hace mucho que he deseado que él estuviese muerto; sin embargo,
         sé que estaría mucho más apenado que feliz si él fuese a morir:
         así que no sé qué decir
(-decía Alcibíades, hablando de Sócrates-)

Es decir, si contra un amor intenso se alza un odio casi tan intenso como él, la consecuencia inmediata tiene que ser una parálisis parcial de la voluntad, una incapacidad de adoptar cualquier resolución en lo tocante a todos aquellos actos cuyo móvil sea el amor. Pero como decía el poeta:
¿Y qué actos de un enamorado no tienen relación con su enamorada?. Todo tiene que ver con ella. Así que tal indecisión no permanece limitada por mucho tiempo a un solo grupo de actos y en consecuencia esta indecisión, se extiende paulatinamente a toda la actividad del sujeto, y con ello ha quedado instaurado el régimen de la obsesión y de la duda (la duda obsesiva). Duda que corresponde a la percepción interna de la indecisión, y que es consecuencia de la inhibición del amor por el odio.

El indeciso, duda de su propio amor; precisamente duda sobre aquello que (subjetivamente) debía ser lo más seguro para cada uno: su propio amor.
Freud nos da el ejemplo: Una señora que acababa de comprar un peine para su hija, al ser asaltada por una sospecha celosa contra su marido, que la deja de compras, mientras él va a hacer un recado en el que emplea un tiempo a todas luces excesivo, empezó a dudar en el acto de si aquel peine no venía ya siendo suyo desde siempre. Locual es como si dijera abiertamente: Si puedo dudar de tu amor (y esta era tan sólo una proyección de sus dudas sobre su propio amor a su marido), puedo dudar de todo, revelándonos así el sentido oculto de la duda neurótica.
Algun tiempo antes Shakespeare le hace decir a Hamlet dirigiéndose a Ofelia: Aquel que duda de su amor tiene que dudar de todo lo demás menos importante; y efectivamente, eso es lo que ocurre, esa duda se desplaza, se difunde sobre todo lo demás; aprovechando la inseguridad memoria la duda se extiende a los actos ya realizados, a los que carecieron de toda relación con el complejo del amor y el odio, y a todo su pasado, recayendo preferentemente sobre lo más nimio e indiferente, sobre lo sin importancia.
Y así, como una condena a tomar medidas de protección contra la duda, se provoca la inseguridad, y para desvanecerla pone en juego, el sujeto, las más diversas técnicas defensivas, (oraciones, palabras usadas como sortilegios, actos rituales, etc.), y repite y repite la técnica defensiva obsesivamente (otro acto obsesivo); todo para evitar la irrealizable resolución amorosa primitivamente inhibida, pero fantaseada después inconscientemente.

De esta manera los actos obsesivos se aproximan, cada vez más, y con mayor precisión, a los actos sexuales infantiles autoeróticos, es decir, no orientados a otra persona (el objeto del amor-odio), sino hacia sí misma, como en la actividad onanista.

Ahora bien, en sentido estricto, estos actos obsesivos, sólo se hacen posibles por cumplirse en ellos una especie de reconciliación de los dos impulsos contrapuestos: el amor y el odio, por eso decimos que, por tanto, son productos transaccionales (entre el amor y el odio) y como tales, todas las técnicas que el sujeto pone en juego fracasan más tarde o más temprano, puesto que en cuanto el impulso amoroso ha logrado realizar algo, después de desplazarse sobre un acto indiferente, es seguido por el impulso hostil que se esfuerza en anular su obra.
No es por nada, tanto acto preparatorio para nada.
El pensamiento reemplaza a la acción, y se impone con poder obsesivo, en lugar del acto sustitutivo: Si algo no ha sido pensado y repensado y vuelto a pensar, no tiene valor (para el pensamiento obsesivo).
Y para terminar esta aproximación, una nota literal del doctor:
   En los historiales de estos enfermos hallamos regularmente la emergencia precoz y la represión prematura de la pulsión (el instinto) sexual visual y de saber, la cual regula también toda una parte de su actividad sexual infantil, y esto se relaciona muy probablemente con el hecho del muy alto promedio de capacidad intelectual de los pacientes obsesivos.

(Más en: Análisis de un caso de N. Obsesiva, S. Freud, 1909)